


“Los desastres no son naturales”, es el título de un conocido libro en el mundo cercano a la reducción de riesgos de desastres.
Además del título de un libro es buen titular para hacernos ver que la naturaleza no es la culpable de desastres los cuales parece que en los últimos años se intensifican.
Debido al cambio climático, los patrones meteorológicos parecen modificarse y algunos fenómenos naturales están produciendo efectos devastadores.
Dichos fenómenos no son nuevos, han existido desde siempre, incluso antes de que tuviéramos conciencia. Sin embargo, la organización de nuestras sociedades y territorios está produciendo que nos expongamos de manera muy vulnerable a estas amenazas.
Ecuador, es un país claramente amenazado por gran parte de los fenómenos naturales los cuales podamos imaginarnos: volcanes (la cordillera de los Andes se le llama vulgarmente “el cinturón de fuego”), terremotos (está situado ubicado en una zona de gran riesgo sísmico), inundaciones (debido al fenómeno del niño y las corrientes del pacífico), sequías, deslizamientos de tierra, tsunamis, etc.
Leyendo esta secuencia real de amenazas naturales podríamos decir que Ecuador debería ser un país inhabitable. Evidentemente no.
La clave radica, entre otras cosas, en la percepción de la comunidad a las amenazas presentes. Desgraciadamente, debido en la mayoría de las ocasiones a la pobreza las preocupaciones de la gente se centran en la supervencia diaria sin preocuparse por sus altas condiciones de vulnerabiulidad.
Algunos factores agravantes que provocan que los impactos de los fenómenos naturales se conviertan en desastres son los sigientes:
Podríamos citar sin duda más circunstancias.
Entre otros proyectos, me encuentro como parte del equipo de trabajo del PNUD intentando reducir el primero de los factores citados. Estamos desarrollando planes de contingencia para varios de los municipios de la costa los cuales tiene mayor riesgo de inundación. En febrero, Marzo seguramente lleguen las primeras lluvias. Veremos si hemos contribuido verdaderamente a reducir su vulnerabilidad.
Una de las agencias de las Naciones Unidas llamada UNIFEM, encargada de temas de género, está realizando una campaña de recogida de firmas en contra de la violencia a través de la plataforma Web www.dinoalaviolencia.org. Entre las actividades realizadas en Ecuador ha proyectado durante una semana en uno de los cines más conocidos de la ciudad, una serie de películas relacionadas con esta temática de “No a la Violencia” (en términos de género).
Una de las películas proyectadas ha sido “4 meses 3 semanas 2 días”. Estupendo filme rumano de Cristian Mungui que ganó la palma de Oro y que trata la historia de una joven estudiante rumana durante la dictadura comunista de Nicolae Ceausescu. Durante la película se trata el caso común de una joven que aborta de manera clandestina. En el año 1987 en Rumania el aborto es ilegal y se practicaba en una exagerada cantidad. Al tener que realizarse de manera ilegal las jóvenes se veían extorsionadas y su vida corría siempre peligro. Los antecedentes corren por 1966, cuando el aborto fue prohibido por el dictador Ceasescu y desde ese año hasta 1990 se produjeron en Rumania 500000 muertes de mujeres por complicaciones inherentes al procedimiento de aborto. Podríamos decir que casi un genocidio.
El tema del aborto está de actualidad en Ecuador debido a que con motivo de la votación de la Nueva constitución ha sido un argumento de la Iglesia para votar en contra. En Ecuador el aborto está prohibido. Es ilegal. Y en la nueva constitución, aún manteniendo esa ilegalidad algunos ven cierta ambigüedad en el texto.
Datos oficiales que he leído en Internet dicen que en Ecuador se producen 30000 abortos al año, aunque extraoficialmente se habla de muchos más. Teniendo en cuenta que la población ecuatoriana es de 13 millones, me quedé perplejo cuando leí esa cifra. Debido a la ilegalidad del mismo, el aborto se realiza en clínicas clandestinas y en otras muchas ocasiones se autoinduce. Pastillas que perforan el útero, sondas que cruzan el útero, sustancias tóxicas en el interior de la vagina, golpeos fuertes sobre el estómago de la madre… Estas son algunas de las técnicas utilizadas que suponen un gran riesgo para la vida de estas mujeres.
El precio de abortos inducidos en países en que el aborto es ilegal es sumamente elevado, los servicios son de mucha peor calidad, y la búsqueda del aborto es difícil, angustiosa, y excesivamente arriesgada, además de que si es descubierto, el castigo social y legal por abortar puede ser muy duro.
Esta película me pareció magnífica y sin entrar sobre el debate de estar a favor o en contra del aborto, trata de reflexionar sobre este tipo de violencia en el que la mujer no es libre para tomar una decisión y debe poner en peligro su vida. La legalización del aborto permite reducir los riesgos creados al deber abortar en condiciones muy peligrosas debido a su ilegalidad. También, algunos opinan que "al ser libre de tomar la decisión de manera legal la mujer (y el hombre) pueden decidir con más calma, sopesar con claridad y objetividad, y llegar a una conclusión con la que se responsabilizan."
En Latinoamérica y el Caribe, según la OMS, hay más de un aborto inseguro por cada 3 nacidos vivos y el 13% de las muertes relacionadas con el embarazo han sido atribuidas a las complicaciones de abortos inseguros.
Aunque la legalización reduce algunos riesgos la solución no esa, sino que radica indudablemente en una educación sexual adecuada desde la niñez que permita recudir los casos de embarazos no deseados. En muchos lugares no se consigue debido a la pobreza y a la escasez de posibilidades de obtener una buena educación. Pobreza y educación están íntimamente relacionados
Recomiendo ver esta película que nos narra de manera humana una historia diaria y común que vive escondida entre las sombras.
Hace unos fines de semana, mientras hacía turismo por el norte de Ecuador, tuve la suerte de encontrarme una fiesta indígena en una comunidad. La fiesta se debía al aniversario de la muerte de Monseñor Leonidas Proaño. Dicho religioso había luchado por los derechos de los indígenas y por ello se le rendía tributo.
La raza indígena de la sierra andina ha estado siempre discriminada. Desde los tiempos de la colonización española, donde eran esclavizados y considerados como mulas de carga, hasta nuestros días. Hoy en día, en el Ecuador se ha avanzado en algunos de sus derechos pero siguen existiendo racismo y exclusión.
No deja de sorprenderme las condiciones de vida tan duras que soportan en muchas ocasiones. Los indígenas que viven en las montañas suelen tener los rostros quemados por los aires gélidos de la sierra. Cultivan sus patatas y sus productos en laderas con pendientes de vértigo. Algunas cabañas donde viven son desoladoras por sus condiciones mínimas de higiene. Muchos de los indígenas que viven en la periferia de la ciudad acuden a vender sus productos en los semáforos de la urbe. De algún modo, da la sensación como si las personas de raza indígena fueran ciudadanos de otra categoría que viven en otras condiciones. Quizá esté generalizando de un modo negativo pero creo que no me equivoco mucho. Otros indígenas se dedican a la artesanía y sus mercados deleitan por la viveza de colores.
Monseñor Leonidas Proaño luchó durante su vida porque los indígenas tuvieran los mismos derechos que cualquier otra persona y los apoyó para que también afianzaran su propia cultura. Por ejemplo, la iglesia de la comunidad donde estaban de fiesta, tenía en sus vidrieras rostros de líderes indígenas y en el altar, en vez de tener un retablo o un Jesucristo tenía un gran ventanal por el que se podía contemplar la cima de la montaña Imbabura, de 4600 metros, que da nombre a la provincia. Este afianzamiento de su propia cultura me parece muy reivindicativo. A los indígenas, se les robó parte de su cultura imponiéndoles una cultura extraña a ellos. Esto se puede ver por ejemplo, en la película peruana “Madeinusa”. En ella, una comunidad celebra como una de sus principales fiestas la muerte y resurrección de Jesucristo. Dado que dicha fiesta no es parte de su patrimonio cultural sino que fue impuesto durante la colonización española no se tiene una conciencia clara e histórica del porqué de estas tradiciones. Entonces dicha comunidad durante los dos días entre la muerte de Jesucristo y su resurrección creen que Jesús no los puede ver por lo que durante esos dos días el pecado no existe y pueden emborracharse, cometer violaciones, incestos…
En las fotos de la fiesta a la que pude asistir se ven corros de indígenas que ofrecen su comida como tributo al religioso homenajeado. Es curioso como además del pollo asado y otras comidas, las mujeres ofrecen la cocacola y el sprite como parte de sus ofrendas.
Es fácil identificar a los indígenas por sus vestidos. Su característica vestimenta es parte de su cultura. Las mujeres mayores aparecen muy elegantes con sus sombreros. Y, por desgracia, es común ver a chicas demasiado jóvenes con sus bebés que tienen amarrados a sus espaldas con telas entrelazadas.
Siempre he pensado que para mi sería muy complicado vivir en sus condiciones y poder integrarme en su cultura. Sería pura supervivencia.
Ecuador, en un proceso de cambios, votará por su nueva constitución el 28 de septiembre. Votará Sí o No, por el nuevo texto diseñado por la Asamblea Constituyente creada hace unos meses. Tanto el gobierno de Rafael Correa como los grupos de poder de la oposición lanzan sus campañas para tratar de convencer a la población. Esta vez, tenía a una manzana de mi casa una manifestación con conciertos y demás parafernalia, organizada por los movimientos a favor del Sí. Tenía curiosidad, así que una vez que maldije la constitución por darme estos despertares, me calmé y bajé a ver que se cocía. Y lo que se estaba cocinando era bien suculento.
La campaña por el Sí, además de apoyada por el Gobierno, viene respaldada por numerosos movimientos sociales de todo el Ecuador. Así que, traídos por decenas de autobuses, numerosos ecuatorianos de toda la República deambulaban por el recinto establecido. Todo un espectáculo de folklore se mezclaba en esa amalgama de razas, culturas, y vestidos. Ecuador, a pesar de ser un país pequeño en extensión, posee una diversidad cultural espléndida. Ecuatorianos indígenas, mestizos, afroecuatorianos… caminaban juntos mostrando orgullosos sus culturas e identidades. Se saludaban y se preguntaban sonrientes de donde eran unos y otros cuando sus estandartes no lo hacían evidente. Esta gente me estaba dando todo un recital de pluralidad, unidos por una causa compartida en un presunto beneficio para su país.
Aún me falta bastante por leer y por entender en su contexto para balancearme por una u otra postura. Pero lo que sí está claro es que éste es el tema estrella de conversación de los ecuatorianos en estos días. Comiendo con algunos compañeros escucho con atención sus comentarios al respecto. Debo rescatar lo esbozado una compañera.
Digamos que dicha persona es de clase media-alta ecuatoriana y discutíamos sobre las votaciones. Me pareció impactante que me contara que los policías y militares no pueden participar en procesos electorales en el Ecuador . Es decir, no pueden votar. Ella requería que esto no debía de cambiarse tampoco ahora en la nueva constitución. Yo intenté argumentar que, independientemente y al margen del oficio de cada individuo y de su correspondiente profesionalidad al respecto, cada persona es ciudadana y por tanto le corresponde el derecho del voto. Por tanto, un policía y un militar son profesionales al servicio del estado y que cumplen con su deber, pero que fuera de su oficio son ciudadanos, con su manera de pensar, por lo que debían de tener ese derecho. Tres argumentos me echaron en contra: Primero, que a dichos funcionarios les podía “comprar” cada correspondiente gobierno, con subidas de sueldo, etc. Y que por tanto, su decisión estaba condicionada al gobierno de turno por lo que no debían votar. Y ya no digamos los militares, cuya disciplina y poder al frente del gobierno les haría votar siempre a favor del mismo. En segundo lugar, me acusaron de no poder comprender la situación ya que no podía situar el contexto que trae el poder militar en este país. En tercer lugar, nunca habían votado por lo que no tenían porqué hacerlo ahora. Sobre este tema seguimos debatiendo, aunque me ahorro más comentarios (quedan a su disposición) para poder relatar cómo continuó la conversación.
Para poner en un extremo su argumento, le dije que entonces para ella habría que hacer una democracia como en los orígenes griegos, en que sólo votaban aquellos considerados ciudadanos (aquella gente con ecuación, dinero, poder…), mientras que el resto de la población no tendría acceso. Y ella me contestó: "Pues claro…" Todos esos indígenas o gente pobre que son analfabetos y que no han tenido acceso a la educación no deben votar, ya que el gobierno va a las comunidades y les compra regalándoles una camiseta (en este caso, la chica estaba del lado del no). Lamentablemente, esta persona trabaja en Naciones Unidas y yo no me podía creer lo que estaba escuchando.
Entonces, aquella mañana dominical, me acordaba de esta chica cuando veía a gente humilde y diversa y evidentemente pobre, reclamar por ciertos derechos. A la vez que respaldaban el Sí, portaban carteles en los que se podía leer “Yo también quiero poder ir al hospital”, “Por una educación gratuita”, “Todos tenemos derecho a la salud”, “Nutriendo el desarrollo”… Recordaba a mi compañera hablando sobre temas jurídicos, sobre quien debía votar, sobre la mala constitución y me preguntaba viendo lo que cada uno reclamaba. ¿Quién tenía entonces mejor educación? ¿Quién buscaba las cosas más importantes en la constitución? ¿Quién tenía mayor conocimiento de lo que significa una sociedad que progrese de manera justa y solidaria hacia el desarrollo? ¿Quién posee el derecho del voto?...
En fin, otro día expondré lo bueno y malo de esta nueva constitución. Esa mañana, la disfruté con mi cámara, lástima que cuando el vicepresidente se puso a cantar en el escenario se me acabó la batería. Pensé entonces que ya era suficiente y era hora de volver a dormir un poco.
Este fin de semana se ha celebrado en Quito los 199 años desde su independencia. El 10 de Agosto de 1809 fue el inicio del proceso libertario de Quito y luego de esa emancipación, muchos otros lugares colonizados de la región siguieron su ejemplo. A pesar de que antes, en otros lugares como Bolivia ya habían existido revueltas contra el colonialismo, en esta fecha, Quito instala por primera vez su propia junta soberana. Los quiteños han celebrado por tanto aquellos primeros vientos de libertad y el orgullo de servir de veleta y rumbo para que otros lugares hispanoaméricanos respiraran esos nuevos aires libertarios.
Celebrándose la independencia de la colonización española podría pensar que si alguien me identificase como español, podría tener problemas, ya saben... Sin embargo, en la ciudad jamás me lo han recriminado y nos tratan con un gran cariño. Caso distinto, en algunas comunidades de los Andes ecuatorianos. Donde los indígenas, cuando conocían mi procedencia española, no tenían temor en ocultar cierto rencor hacia nuestra cultura. Y es que, aunque podría decir que aquellos antepasados son más suyos que míos, no podía dejar de ser cuestionado debido a la dolorosa colonización que nuestro país realizó en los años postreros de las llegadas de Colón a América. Despojando de recursos, vidas y culturas e imponiendo un modo de vivir absolutamente diferente. Y encima, quedándonos luego con bien poco. Ya que como relata Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, España sólo se quedaba con el 5-10% del oro que llegaba a la península ya que el resto se lo llevaban los mercaderes flamencos, ingleses, etc. Pero en fin, este es un tema largo a tratar para otro día.
Para celebrar este fecha, durante el fin de semana Quito se ha llenado de conciertos. Los museos, iglesias y lugares de interés se han abierto para todo el mundo por lo que el casco histórico se ha llenado de gente y en sus puertas aparecían grandes colas. Lo cierto es que las entradas suelen ser muy baratas, pero al ser gratis muchísima gente de clase baja se ha lanzado estos dos días a descubrir las bellezas culturales de su ciudad. Esta iniciativa me ha parecido excelente.
El casco histórico de Quito es patrimonio histórico de la humanidad. Su gran belleza reside en su esplendorosa arquitectura colonial tan bien conservada. Pasear por sus calles es contemplar un hervidero de gente, de contrastes y de olores. Muchas personas pasean sin rumbo y otras muchas se buscan la vida mediante el comercio en la calle. Limpiadores de botas, mimos, vendedores de jugos, de pinzas, de bolígrafos, de inciensos… Todo vale si es posible llamar la atención del transeúnte y ganar unos centavos. Incluso una señora tenía una báscula en la calle y cobraba diez centavos porque la gente se pesase. He de decir que en un principio la miré bastante escéptico por su método elegido, aunque a decir verdad, luego me arrepentí de no haberme pesado para comprobar qué secuelas me había dejado mi batalla con Moctezuma.
Destaca también la presencia en la calle de muchos niños. Pero sobre todo muchos niños trabajando. Especialmente limpiando zapatos o vendiendo chicles y caramelos. Es algo indignante. Naturalmente, sus familias vienen de una procedencia muy pobre y cuyos medios de vida son duros y poco rentables, pero sin embargo, el hecho de que estos niños trabajen en la calle desde los cinco, seis años suele tener otras raíces de origen, además de la pobreza. Y es que los niños son una atractiva fuente de ingresos para las familias. Muchos extranjeros ofrecen su caridad debido a la piedad que siente al verlos. Una caridad horrorosa que sólo beneficia la conciencia del que da algo mínimo que le sobra y que, debido al éxito de la iniciativa, ayuda a mantenerles en la calle. Es de resaltar, porqué tan poca gente se para a hablar con ellos y a preguntarles algo sobre sus vidas. Sólo se siente compasión al verlos y se asume que la pobreza les lleva a estar allí.
Muchas cosas podrían describirse. Sin embargo, creo que las imágenes pueden esta vez sustituir mejor a las palabras y así poder sentir la belleza de esta ciudad, hoy luz de independencia. Ya habrá tiempo de hablar de sus claros y sombras.
Que viva Quito… ¡que VIVA!
No,tranquilos. El imperio azteca nunca llegó a Ecuador... Pero quizá los indígenas ecuatorianos solicitaron ayuda a Moctezuma para vengarse de este español recién llegado, cuyos antepasados colonizaron y sometieron sus tierras.
"La venganza de Moctezuma" es un término mexicano que he aprendido estos días y bien aprendido. Para los que no lo conocieran es un término coloquial para referirse a padecimientos diarreicos causados a los turistas provenientes de otros países, mayoritariamente desarrollados, que visitan México.
Moctezuma tomó Vendetta el viernes, vengándose de mi hasta el día de hoy.
Lo cierto, es que hay que tener cuidado y respeto a la alimentación cuando se viene por aquí. Puedes tener suerte y no pase nada, o si no, te deja como a mi. Que casi no me podía mover en todo el fin de semana.
Recuerdo cuando llegamos la primera vez a Quito, estábamos muy alertados. Quizá a veces demasiado. Pero esta vez olvidé alguna de las precauciones. Por ejemplo, no lavarme los dientes con agua mineral los primeros días, no beber jugos hasta un cierto tiempo, no comer en lo posible alimentos que vendan en la calle... Me han añadido una advertencia muy interesante. No comer carne los primeros días, ya que al estar a casi tres mil metros, la altura hace que las digestiones cuesten más. Claro, yo me metí un buen filetito el viernes y efectivamente no conseguió llegar a su destino. Upps...
En fin, seamos positivos, no hay nada para lucir cuerpito y bajar un par de kilitos que un fin de semana como éste. Ahora luzco una figura impecable. ¿Donde están esas cervezas pucelanas que mi barriguita tan bien conservaba?... Ay madre, cómo se echa de menos España los primeros días...
Aterrizamos. El corazón me latía con fuerza cuando una vez cruzado el último control de maletas, salgo a la recepción del aeropuerto de Quito. Allí se abría una fila, donde a los lados y separados por vallas, habría decenas y decenas de ecuatorianos esperando a los seres queridos que venían de España. Mi nerviosismo aumentaba paseando con mis maletas por aquella fila mientras se oían los gritos de la gente. Volvía a Quito después de cuatro meses. Todos los recuerdos de mi primera llegada se me venían a la mente. Era agradable que al aterrizar me encontrara a caras amigas que me esperaran para recibirme así que buscaba y buscaba a mis amigos españoles con los que había quedado. Terminé la fila, salí a la calle… ¿Dónde estarán?... Espero, veo todos los reencuentros de la gente, busco. No hubiera sido difícil distinguir a alguno de mis amigos ya que, con todo el respeto y el cariño al pueblo ecuatoriano, los quiteños no fueron bendecidos con el don de la altura. Pero en fin, los españoles tampoco lo fuimos con el de la puntualidad. Así que, después de un rato sin saber donde meterme y preguntándome qué habrá pasado, veo por fin dos caras amigas. Ya pensaba que era el patito feo del avión, o quizá lo fuera, pero qué ilusión me hizo reencontrar viejas caras en mi regreso. No tardan en hacerme un breve repaso de la actualidad quiteña.
Dejo las maletas en su casa. Descanso un poco y al ser el jueves, día laborable, salgo en dirección al edificio de las Naciones Unidas para certificar mi llegada. Voy recorriendo las calles. Camino por el parque de la Carolina. Es mediodía y está repleto de gente. Me recuerda a Berlín, donde los parques se convierten en centro neurálgico del ocio. La gente descansa, hace deporte, come, entrena, reza y puedes ver cosas inimaginables que jamás te esperarías contemplar en un parque. Excepto una, un cartel que diiga: “No pisar el césped”. A los lados de la ciudad, se levantan delineando este valle el volcán Pichincha y otras montañas. Cruzo la carretera y veo como siguen muchos serranos vendiendo sus frutas y verduras en los semáforos, o niños haciendo malabares para conseguir unas monedas. Mi instinto se reaviva y mientras ando. sin pensarlo cambio de acera cuando intuyo peligro por donde voy.
Un amigo me dijo una vez que en su primera experiencia en el extranjero le encantaba ver las nuevas cosas que descubría con los ojos entusiasmados de sus compañeros. Es decir, le encantaba disfrutar de como su amigo arquitecto veía los edificios, o como su amigo músico veía a los artistas callejeros, etc. Recordando sus palabras pienso como vería la gente que echo de menos de España lo que yo tengo ante mis ojos.
Durante el trayecto siento un miedo interior. Parece que fue ayer cuando recorría estos caminos y todo me resulta familiar y conocido. Este hecho de no sorprenderme me produce la reacción de comparar mis sensaciones de hoy con las de la primera vez hace diez meses y reflexiono si todo será igual de bueno como aquel entonces, si merecerá la pena haber vuelto cuando ya poco me sorprende, si mi nuevo trabajo a realizar llenará el vacío que produce la distancia insalvable del océano. Me siento sorprendido. En vez de estar más confiado y seguro por conocer todo, me siento con más nervios y miedos. De algún modo, el acto de repetir de nuevo algo entraña una responsabilidad de mejorarlo en la segunda vez. Instintivamente se comparan las sensaciones de hoy y de ayer.