Nunca he conseguido ser de aquellos que presumen de leerse un libro 18 veces. A pesar de que algún libro me haya encantado o sea el favorito de entre mis favoritos, la angustia o la ansiedad de saber que podía estar leyendo en ese tiempo algo nuevo puede conmigo. Aunque la comparación sea algo estúpida me pasa como cuando voy paseando con mi familia y nos compramos un helado de cucurucho. Todos tenemos nuestros sabores preferidos. Los míos son limón y yoghurt. Sin embargo, no recuerdo la última vez que lo pedí. Siempre que tengo que elegir me planto ante la vitrina y me digo: míralos, ¡qué rico tiene que estar el de limón y yoghurt!. Aún así, empiezo a mirar la diversidad de sabores que tienen y al final eligo algo que nunca haya probado, a sabiendas que no me pueda gustar o que el de limón y yoghurt iba a saber que te cagas. Algo en mi interior me inquieta, me corroe. Pienso que ya sé cómo saben esos dos sabores, los puedo casi hasta sentir y degustar en mi boca pero el hecho de ver otros los cuales no puedo representar, no puedo imaginar cómo pueden saber hacen siempre que me decante por elegir una combinación nueva. Al final, un alto porcentaje de veces pruebo la combinación y me digo: "bueno, no está mal..." Miro a mi hermana, ella siempre elige el de limón y yoghurt y me dice: "¿Quieres probar?". Yo pruebo y la respondo: "Joder, qué bueno que está, tú si que sabes..."En fin, volviendo a los libros. La cuestión es que el hecho de no releer los libros que me han gustado me creaba un problema. Olvidaba casi por completo de qué trataban y el porqué esos libros me habían gustado tanto. "¿Qué me habría aportado ese libro?", me preguntaba. Sentía una especie de vacío. Todos los libros que me he leído no han valido para casi nada ya que no logro recordar nada de ellos. Me consolaba lo que me dijo Diego un día dándome clase de piano citando una frase de alguien que no recuerdo: "que aquello que quedaba después de leerte mil libros y olvidarlo todo, ese humus, es lo que podríamos llamar cultura". A pesar de ello, era una pena olvidarlo todo. La cosa llegó a tal punto que había un libro que prestaba muchas veces ya que lo consideraba bastante bueno. Llegó un momento en que empecé a replantearme que sólo dejaba ese libro por la sensación que tenía de que era bueno. La sensación dejada por aquellos recuerdos que habían estado en mi memoria. Pero, en realidad no recordaba nada. Así que decidí antes de seguir recomendarlo con tanta insistencia leermelo de nuevo. Llegué a dos conclusiones. La primera, que el libro estaba bien pero que ya no me cautivaba tanto así que dejé de recomendarlo . Y la segunda, que si hubiera seleccionado cuatro páginas del libro y me las hubiera leído, hubiera recordado el argumento del libro y los mejores momentos de éste. Por supuesto, cada libro es un mundo. Y hay libros que cada página es una obra de arte pero en este caso se podía resumir bastante en dichas páginas. Esto me llevo a la conclusión que debía seleccionar de algún modo los mejores momentos de un libro, para así, una vez pasado el tiempo pudiera releer sólo esos mejores momentos y poder vivir de nuevo sus mejores enseñanzas.El porqué lo disfruté tanto y recuperar en breve aquello que aprendí.
Empezé utilizando el lápiz y subrayando los mejores pasajes, citas... Suelo leer echado en la cama, y tener que hacerlo sosteniendo el libro y cogiendo el lápiz a la vez es incómodo y ya no te digo subrayar en esa posición. Las líneas eran menos paralelas que las líneas de pentagrama que dibujaba Pilar Gago, jarrrl, pecadorrrl. Entonces, decidí hacer llaves seleccionando lo que me gustaba. Tampoco funcionaba ya que perdía el lápiz a los 10 minutos así que lo dejaba. Después me decidí por los post-it de colores, pero son tan llamativos y recordaban tanto a los apuntes de clase que lo dejé poco después. Entonces llegué a la idea de lo que hacía de pequeño para marcar la página. Hacer un pequeño doblez en aquella página en que se encuentra lo que te gustaba. Sencillo y cómodo. El sistema se puede perfeccionar, si ves que te han salido muchas páginas, seleccionas también las dos o tres mejores y haces un doblez pero esta vez por la parte de abajo de la página (what a freak!). Esto trae un peligro, y es que si el libro que he leído me ha gustado mucho, al final, el libro parece un acordeón de la cantidad de pliegues que aparecen. Podría cogerlo para apretarlo y darme aire en horas intenpestivas de calor a través de sus páginas. Aún así, la solución me funcionó y acabo de releer un libro del cual os cito acontinuación las páginas con pliegue por abajo. Al leer esas páginas he vuelto a recordar los mejores chispazos. Ha sido un alivio.

"Einsteins, por favor" de Jean- Claude Carriére
Son las conversaciones ficticias entre Einstein y una periodista que le realiza una entrevista.
"Nada dice que las leyes que descubre y verifica en el universo existan en una realidad absoluta e, incluso si existen fuera de nosotros,que sean acertadas. Son sólo una proyección de nosotros mismos, sólo son acertada para nosotros. Como dicen con insistencia los partidarios de la multitud, los realistas, es probable incluso que el universo no sea el que observamos y analizamos, o al menos que no sea sólo eso. [...]
Cada pensamiento crea su propia prisión y se evade de ella por sus propios medios. O cree evadirse. Pues excavamos nuestros túneles de evasión y,al mismo tiempo, avisamos a los guardias. La misma voz que hace las preguntas da las respuestas. Ni las especulaciones religiosas, bloqueadas por el dogma desde el inicio, ni las temerarias aventuras filosóficas, ni el extremado virtuosismo ( a nuestro modo de ver) de las verificaciones técnicas, ni nuestras fantasmagóricas escapadas superan nunca lo humano. Y con razón. Nuestras pruebas sólo valen para nosotros. Probablemente no interesan a nadie más, salvo como curiosidades locales. Nuestro sistema sensorial, nuestro pensamiento lógico y nuestra imaginación ejercida no pueden salir de nuestro círculo.
En los años noventa, algunos neurobiólogos definían el cerebro humano como "el objeto más complejo del universo". ¿Qué sabáin ellos? El orgullo de la fórmula no oculta el hecho de que el cerebro se define a sí mismo y canta su propia gloria sin darse cuenta siquiera de que, al mismo tiempo, se critica y se devalúa, puesto que es capaz de vanidad.[...]
Todos los análisis y todos los cálculos tendrán que recomenzarse una vez más. Y se abrirán otras puertas, otras dimensiones, otros territorios. Sólo los adeptos de la ignorancia se consideran satisfechos de una vez por todas. Cuando no se sabe nada, es para siempre. Todo conocimiento, por el contrario, conduce a otras obscuridades. Es algo bien conocido.
-¿Incluso el conocimiento del todo?
-Sobre todo éste - dice él.
- ¿Por qué?
- Porque, primero, deberíamos ponernos de acuerdo sobre la palabra del "todo".
-¿Qué es el todo?
-De eso no sé nada."
1.Alberto Iglesias, premio nacional de cinematografía
2.Banda sonora de 'Hable con ella' por Alberto Iglesias