sábado, 19 de diciembre de 2009

Maravillas del Ecuador II: La Laguna Quilotoa

Maravillas del Ecuador II: La Laguna Quilotoa, del blog Desde el Ombligo del Mundo

La naturaleza se manifiesta en ocasiones con tal belleza y grandiosidad que nos hace sentir nuestra condición humana como un pequeño y humilde elemento más en la diversidad del universo que nos rodea. Ecuador posee, en su modesta extensión de territorio, muchas de estas manifestaciones.

Hoy quiero hablar de unos de estos lugares que se suma a la gran diversidad natural y cultural del país: La Laguna Quilotoa.




La cordillera de los Andes, creada por la fuerza del choque entre dos placas tectónicas, se compone a lo largo de su recorrido ecuatoriano de múltiples volcanes. Unos más jóvenes, otros más antiguos. Algunos permanecen activos y otros muestran en la huellas de sus montañas las grandes erupciones que ocurrieron miles de años atrás. Cimas destruidas, cuyos enormes cráteres albergan ahora hermosos lagos, cuya apariencia pacífica son sólo un espejismo de la crueldad destructora que alberga en el corazón de su masa terrestre.

En medio de la sierra central ecuatoriana, a 4100 metros de altura, se abre un cráter de 3km de diámetro donde se encuentra una laguna de color turquesa; la laguna Quilotoa. La luz inunda cualquier lugar que se recorra y desde la cima, si consigues apartar la mirada de los colores del agua se distinguen las siluetas nevadas de las grandes cimas ecuatorianas.

Si acudimos un día de diario, Quilotoa se convierte en aquel destino que todo turista con un mínimo sentimiento de aventura le gustaría vivir. Un lugar que parece sacado de una postal, en el cual te encuentras sólo, sin casi ningún otro extranjero; pero a la vez rodeado de un panorama cultural y natural totalmente enriquecedor y diferente.

Desde una ciudad llamada Latacunga, y a no ser que cuentes con un transporte privado, se toma un autobús para ascender el páramo. No hay nada mejor para conocer Latinoamérica que experimentar los trayectos en sus autobuses. Indígenas de la sierra realizan sus trayectos diarios con sus mercancías agrícolas, sus vestimentas y sus hábitos culturales. En el camino descubrimos mercados y ferias indígenas y nos preguntamos incrédulos cómo se puede sembrar maíz y papas en las laderas con tal alta pendiente. Por supuesto, no todo son maravillas ya que las malas condiciones del trayecto, la estrechez del camino en desfiladeros y los olores no siempre tan culturalmente agradables nos harán desear que esas casi 3 horas de camino terminen en algún momento.

Finalmente llegamos al pequeño pueblo llamado Quilotoa; el modesto turismo comunitario organizado te indica el camino. Por fin, al atravesar un pequeño camino rocoso descubrimos nuestro objetivo.

Bajar a la laguna es fácil, subirla no tanto. Pero bueno, los niños están observando con atención tu cansancio para ofrecerte una subida agradable a lomos de un burro.

Quedarse a dormir en el pueblo es también una experiencia única. Al ser difícil de llegar, las condiciones para hospedarse no están preparadas, así que a uno le toca vivir la realidad. Un frío indómito en las habitaciones, lavarse a calderazo con cubos de agua helada, saborear el caldo caliente de pata de pollo para cenar. A poco que uno se muestre humilde y colaborativo se puede ayudar a cerrar el mercado, cargar a la espalda los grandes y pesados fardos con la mercancía que llevan las mujeres, o bailar en la noche con canciones indígenas viendo cómo los hombres se emborrachan con aguardiente. Y es que no todos los patrones culturales son enriquecedores…

En fin, dejemos que las imágenes añadan todo lo que no fueron capaz de decir las palabras.